Alguien bajaba de la montaña, con el caballo galopando, gritaba — Viene el toro, el toro viene, ¡niños! — repetía en circulos — ¡escóndanse! Puede matarlos de un pisotón, puede matarlos de un pisotón.
Después de que pasó el hombre, un grupito de niños que íbamos hacia el arroyo nos aventamos al margen de la brecha, pálidos y asustados. Ahora escuchábamos el cencerro del toro, cincelando por los aires la metálica señal. Él venía en camino, venía de prisa, se le sentía su peso bajando de la montaña arcillosa, mientras nuestro pecho tocaba la tierra al margen del camino.
Pasaron horas, y nada que se veía el toro. Sólo escuchabamos que bajaba, pero nada que se asomaba por el horizonte. Sugerí que continuáramos rumbo al arroyo — el toro seguirá por su camino, y nosotros por el nuestro — les expliqué a los demás. Ellos dijeron que no, que se quedarían al margen y en el suelo hasta que el toro pasara. Entonces me levanté, y seguí caminando yo solo hacia donde me dirigía.
Pasaron horas y nada que veía el toro, solo escuchaba que bajaba. No sabía por dónde, pero se escuchaba de tamaño grande, que la gravedad lo jalaba con ansiedad monte abajo. Acercándome al arroyo fui llenándome de miedos, los pensamientos rebosaban. Se derramaban como se derrama el agua del recipiente lleno. Creía que moriría en el camino, y que nadie se acordaría de mi. Yo no escuchaba el murmullo de la cabeza, sólo seguía caminando hacia el arroyo.
Al horizonte se manifestó el toro, la gran bestia era de inmenso tamaño, color negro y de cuernos afilados. Fue en ese instante que el espíritu del temor me poseyó, y no supe qué hacer, me quedé parado al borde del camino, rezando tartamudo el padre nuestro. El toro frenó su ansiedad por bajar y paró taciturno frente a mi. Él miró mis ojos, y yo miré los de él. Intuí que no me haría daño, lo que buscaba era que alguien lo viera sin tenerle miedo. Y yo lo hice, me acerqué a tocarlo y se desvaneció sobre el suelo.
Su cuerpo colosal se había convertido en oro, cayendo monedas, lingotes y pepitas sobre la brecha, tomando el camino entero con las riquezas de su interior. Desde entonces el miedo desapareció, y hasta ahora no lo he vuelto a escuchar, dándome vueltas por la cabeza.
Coincidir con el toro me hizo encontrar, a mi corta edad, lo que tanto buscan los hombres toda la vida: el coraje espiritual y la riqueza material. Por eso agradezco la bendición de toparme con él durante su camino, su camino montaña abajo.
