Cuando lo encontré estaba allí, en la orilla del mar. Su brillo me rebotaba en los ojos, entre la brisa y la arena color caramelo. Siguiendo mi curiosidad me le aproximé y lo recogí del agua, la espuma flotaba entre mis pies. Al tenerlo en la mano me sentí bien, bastante bien para ser exactos, porque sabía lo que acababa de encontrar. Lo apreciaba con calma mientras saboreaba esa sensación de tenerle en la mano, y por decirse así, ser afortunado. 

Sabía que mi amigo Roberto debía verlo, porque para él significaría lo mismo que para mí significó en el momento (lo cual erré drásticamente). Mi bicicleta fue el medio que me llevó hasta la casa de él, sin detenerme por ningún motivo. Y lo llevaba cargando en la palma cerrada de mi mano derecha, porque la izquierda no era tan fiel como la derecha, así que allí lo llevaba.  

Al llegar toqué la puerta de Roberto, y aguardaba con prisa para que abriera y me diera el paso para mostrárselo. Pero debía ser en secreto, porque su familia no podía enterarse de que yo lo tenía, así que cuando estuvimos solos en su habitación cerré la puerta y las cortinas. 

— ¿Qué te pasa vale? — me dijo 

— Hace rato caminaba descalzo por la caleta, y encontré esto entre la arena y el mar. Mira, lo traje conmigo. ¿Lo ves? — abrí mi mano derecha para mostrarle. 

— ¿Es lo que creo que es? 

— Supongo que sí, lo encontré allí en la caleta, sin dudas debe serlo. 

— ¿Pero que no has escuchado las historias? Dicen que si lo sacas del mar te traerá mala suerte, todas las gentes lo han dicho desde hace siglos. 

— La gente lo dice porque le tiene miedo, pero yo, yo puedo sacarle provecho. Lo podría vender a la gente poderosa que lo busca desde hace mucho tiempo. Imagínate Roberto, podríamos vendérselos por mucho dinero a cambio, y dejaríamos de ser pobres. No volveríamos a sentir la carencia jamás. Sí, eso deberíamos hacer. 

— No digas estupideces, Juan. Regresa eso al mar, no sabes lo que nos puede llegar a pasar, no debiste traerlo aquí. 

— No tengas miedo, nadie sabe que lo tengo. 

— Pero alguien pudo haberte visto tomarlo, siempre hay gente observando la caleta por si algún día aparece. Mejor vamos a llevarlo de regreso, nos subimos al cerro detrás de la caleta y allá por el risco lo tiramos al acantilado de rocas que dan para el mar, así estaremos seguros. Pero debemos apurarnos, antes de que la mala suerte se nos suba encima. 

— Roberto, no te das cuenta que esta es la oportunidad de salir de este pozo donde estamos metidos. No he comido en dos días, y sé que tú tampoco. Si hacemos esto, ninguno de nuestros descendientes volverá a sentir la miseria jamás. Será una abundancia que durará por generaciones.  

— ¡Pero las historias! Ellas dicen que si lo conservamos nos estamos condenando. El riesgo no vale la pena, Juan. 

Roberto trataba de persuadirme de alguna manera para regresarlo al mar. Para que la mala suerte (de la que estaba totalmente convencido) no nos perjudicara a ambos. Mientras tanto, su madre entró a la habitación de golpe, sin tocar; como buscando algo por a lo mejor una mala costumbre (o quizás no). 

— ¿Todo bien muchachos? Los escucho murmurar mucho, qué traen entre manos, pueden contarnos si lo desean. 

— Nada señora — le dije apretando la mano donde lo tenía — solamente estamos hablando de una película que vimos ayer, nada más. 

— Sí madre, sólo eso — dijo Roberto  

— Bien, cualquier cosa que necesiten, aquí vamos a estar afuera. 

La madre de Roberto salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta. 

— Ves lo que te digo — susurró en voz baja Roberto — ya deben saber que lo tienes, y que lo traes contigo cargando. La gente debe sentir su presencia. Tenemos que irnos a un lugar sin gente, para no incitarlos a que nos descubran. 

Roberto abrió su ventana y saltó a la calle para que yo hiciera lo mismo. Corrimos juntos con dirección al mar. Seguimos hasta que la calle se terminó y empezó el sendero de tierra pálida y los cactus del cerro. Con el sol en la nuca subimos la pendiente, hasta que nos encontramos en un páramo, justo frente al mar. Se escuchaban las olas bufando con fuerza al acariciar el precipicio junto a nosotros. 

— Aquí no lo sentirán, la gente no podrá encontrarlo — dijo Roberto agitado. 

— Debemos encontrar la forma de esconderlo, para que podamos venderlo sin miedo a perderlo — contesté yo. 

— ¿Estás loco? DEBEMOS DESHACERNOS DE ÉL YA. Tíralo al mar de una puta vez.  

— No Roberto, debemos salvar a nuestras familias de la miseria. 

— DELIRAS, esa ambición no es propia de ti, es eso que traes en la mano quien te está controlando. No te das cuenta de que estamos en peligro. TÍRALO YA. 

Como si no lo escuchara me hinqué en el suelo y empecé a cavar un pozo. 

— Ayúdame a esconderlo Roberto, porfavor, sólo eso te pido. 

Mientras cavaba, Roberto tomó una piedra y me golpeo en la cabeza. Me rompió el cráneo, dejando salir la sangre como vino sagrado sobre la tierra seca. Morí quizás unos segundos después del golpe. Tirado en el suelo liberé mi mano derecha, dejándolo desprotegido allí entre el polvo y la hierba. 

Roberto siguió cavando, haciendo un surco de mi tamaño. Cuando terminó arrastró mi cuerpo allí, sin remordimiento, para enterrarme con sus propias manos; tapándome con los terrones blandos y pálidos, que se le desmenuzaban como agua de mar entre los dedos. Después de sepultarme se quitó la camisa. Lo hizo para no llegar y tocarlo con la piel desnuda de la mano, así como lo había hecho yo malamente al encontrarlo. Al tenerlo en sus manos lo arrojó hacia los riscos, sepultándolo en el mar de nueva cuenta. Perdiéndose entre la brisa y el agua incesante.  

Me atrevo a decir que ciertamente las historias no mentían después de todo. Y que el encontrarlo en la orilla del mar fue mi acto de perdición, el que me condenó a una muerte trágica de la cual nunca se sabrá. Ahora sólo existe mi cuerpo aquí, sin vida. Pudriéndose por el calor entre la tierra, los cactus, y el cerro que guarda sombra a la caleta. 


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